Nicolás y el día en que mataron a Escobar.
La mañana del tres de julio de 1994, Nicolás dormía tranquilo. Había que ir a la iglesia, pero faltaban todavía más de dos horas antes de que hubiera que salir. Además, ¿qué otra cosa hace un niño de diez años un domingo por la mañana antes de ir al baño y comer lo que se le atraviese?
Sin embargo, este domingo sería diferente.Es cierto también que Nicolás no vivía en un tiempo común. Durante toda su corta vida había vivido entre mujeres, sobreprotegido y medio ciego frente a lo que pasaba más allá del colegio, la iglesia y la casa. Estudiaba en un colegio militar masculino, así que las niñas para él eran solamente esos seres que miraban rayado, andaban en grupos y susurraban todo. "Refunfuñan", decía él.
Para agregarle al mundo único de Nicolás, estaba ya acostumbrado a escuchar y ver las noticias. Era costumbre de su tía, como vino a saberse después. La tía también fumaba demasiado, como una chimenea. Nicolás la comparaba a una chimenea de las que había visto en televisión antes o después de las noticias, pues en su casa no hubo chimenea sino hasta ocho años más tarde. La tía fumaba cuando, decía ella, estaba nerviosa. Por esos días era común estar nerviosa, pensaba él, pues la tía se bajaba su cajetilla diaria. Pero había razón para el nerviosismo: 1994 fue año de mundial de fútbol y la tía, como tantos colombianos, amaba el fútbol. Así, entre partidos de fútbol que él no entendía y noticias de muertos, bombas, atentados y narcotráfico vivía Nicolás. Casi no salía. No le gustaba. Pensaba que todo lo que necesitaba estaba en la casa, y que el televisor le decía lo que necesitaba saber. Esa mañana eso sería muy cierto.
La tía vivió nerviosa ese mes por el mundial de fútbol, que ese año se jugaba en los Estados Unidos, allá donde tanta gente quería ir y de donde tanta gente volvía con mil y una historias, y mirando por encima del hombro a la familia y amigos porque "ya habían ido". La tía también tenía sus buenas razones para los nervios y los cigarrillos: Colombia había clasificado al mundial. Además, ella siempre tuvo un amor raro por la selección italiana, los Azzurri. Así que por unos o por otros, la tía fumaba. Había tanto fútbol y tantas noticias en la casa, que Nicolás a veces sentía que no quería saber nada de nadie. Se sentaba en su habitación y agarraba algún tomo de la Enciclopedia de los Niños y leía pasajes que, a fuerza de haberlos leído tantas veces ya, había memorizado.
El dos de julio Nicolás se fue a dormir. Temprano, pues tocaba ir a la iglesia la otra mañana. Sabía que su mamá lo levantaría, que le tocaría bañarse, ponerse una camisa y una corbata –cuyo nudo no aprendió a hacer bien sino hasta siete años más tarde- y salir para la iglesia. Eso esperaba, pero no fue lo que recibió.
En cambio, lo que sintió el domingo fueron las manos temblorosas de su mamá y el colchón saltando de todo lado como si fuera uno de esos colchones de agua, de esos que tenía la gente "de plata". Cuando abrió los ojos escuchó una gritería inusual, algo que no pasaba mucho en su casa, y menos un domingo por la mañana. "¡Mataron a Andrés Escobar!", gritaba la mamá de Nicolás mientras sollozaba. "¿Andrés Escobar?", se preguntaba Nicolás. Lo único que se le ocurrió era que tenía que ser algún familiar del tal Pablo Escobar, el narco que el gobierno había matado el pasado diciembre. Pero si Pablo Escobar era un narco, Andrés Escobar era narco también, pensaba Nicolás. ¿Por qué, entonces, lloraba su mamá por él?
Nicolás se levantó de la cama y corrió hacia la habitación de la tía, que era donde estaba el televisor de la casa. La tía era abogada, y había comprado su televisor para su habitación y poder ver ahí sus partidos y fumar todo lo que quisiera sin que nadie le jodiera la vida. Estaban dando el noticiero. Hablaban de Andrés Escobar, que había sido asesinado a balazos en Medellín. "Medellín", pensó Nicolás, "de donde son los narcos". Si algo decían las noticias mucho, era que había una gente mala que mataba gente y vendía drogas y que eran del Cartel de Medellín. Narcoterroristas, los llamaban. "Buena forma de describirlos" pensaba Nicolás. Aquello reafirmó lo que había pensado: que el tal Andrés Escobar tenía que ser malo. Pero si eso era así, ¿por qué había escenas de futbolistas en la pantalla? ¿Acaso Andrés Escobar era un futbolista? ¿Qué pasaba? ¿Por qué la familia estaba triste por un futbolista? La tía, de pronto. Pero, ¿la mamá?
Mirando un poco más del noticiero, y porque repetían el video mucho, Nicolás aprendió que Andrés Escobar no era ningún narcoterrorista. Era un futbolista, que once días antes había cometido un error y le había metido un autogol a Óscar Córdoba, el arquero de la selección Colombia que había jugado como titular el día del partido contra la selección anfitriona del mundial. Un autogol. Sonaba grave. Era grave. La selección Colombia perdió ese partido 2 por 1, con lo que virtualmente selló su eliminación del campeonato. Pero, ¿era eso motivo suficiente para balear a Andrés Escobar? "Es un juego", pensó Nicolás.
No lo era para todos. El papá de Nicolás le explicó muy tajantemente lo que había pasado: que unos narcotraficantes habían apostado plata en el partido, y que el autogol de Andrés Escobar les había hecho perder mucha de esa plata. Eso tuvo más sentido en la mente de Nicolás. Pero, ¿y la familia? ¿Por qué estaban todos tan tristes? Esa pregunta no tuvo respuesta hasta años después, cuando Nicolás aprendió que Andrés Escobar era un futbolista muy respetado en el país, y muy querido además. Era un defensa central excelente, que jugaba con el número 2 en la camiseta. Le llamaban "El Caballero del Fútbol" y había ganado la Copa Libertadores con Atlético Nacional, un equipo de Medellín. De allá mismo de donde las noticias decían que era toda esa gente violenta.
Nicolás se dolió por la muerte de Andrés Escobar, porque le pareció que no había tenido sentido. Le pareció que un autogol, por más que fuera un autogol y por más que ayudó a que se perdiera el partido y a que la selección Colombia fuera eliminada del mundial, no era razón suficiente para matar a alguien. Nicolás se dolió porque vio algo que nunca antes había visto, y que no vería de nuevo hasta años más tarde: toda su familia triste y algunas lágrimas derramadas por la muerte de alguien a quien sintieron cercano.
Comments
Post a Comment